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Bajo las Estrellas

Viernes, 18 de mayo de 2007

Democracia profunda.

El voto de castigo debería convertirse en un arma explícita a favor de la democracia.


Los partidos políticos explotan al máximo el apego que le tienen sus votantes. En general, los votantes que ejercen por primera vez su derecho apoyando a un partido político, seguirán toda su vida en esa misma línea; es más, en ocasiones, esa línea la heredar sus descendientes directos. Pero este apego no es bueno. No me refiero para los partidos políticos, que andan encantados, sino para algo más general: la propia democracia. En un caso ideal, elección tras elección los partidos deberían revalidar el apoyo ciudadano, sin que éste les perteneciera casi por derecho propio. Pero esto no es así, y los partidos son claros conocedores de las tendencias de los votantes.

 

A veces somos capaces de defender a un determinado político por ser afín a nosotros, aunque nunca hayamos hablado con él ni sepamos cómo se muestra en la intimidad. Pero sin embargo, cuando nos cuentan que algún conocido ha hecho algo desagradable, tal vez respondamos con un ‘Me extraña’, pero muy probablemente no lo defendamos a capa y espada. Al menos, no como a un político afín. Y no me refiero al caso de estómagos agradecidos, que ese es otro tema. Es un fenómeno interesante que por momentos se me escapa. En el desconocimiento íntimo del político se encierra buena parte del apoyo que recibe.

 

En España no existe el voto de castigo, esto es, aquel que el electorado ejerce cuando hay un comportamiento político que deje bastante que desear, como pudo ser, el apoyo a una guerra ilegal, injusta e injustificable (Iraq), no escuchar las demandas de las multitudes en relación con reformas educativas (LOU, LOCE) o en el caso de manifestaciones a favor de crear comisiones de investigación para esclarecer hechos relacionados con desastres medioambientales de dimensiones sin precedentes (Prestige). Cada uno de estos hechos movilizó a la sociedad española como pocas veces en la historia reciente de este país, llegando a más de 7.000.000 de personas para el caso de la triste guerra de Iraq. En el caso de Canarias, hemos tenido las manifestaciones en contra del Puerto de Granadilla, por dos veces, así como la manifestación contra el tendido eléctrico en Vilaflor. Tenerife parece saber lo que le interesa, aunque no así sus políticos con responsabilidad pública.

 

El voto de castigo no tiene como objetivo ir en contra un determinado partido o a favor de cualquier otro: se trata de decirle a los gobernantes, a todos los gobernantes, claramente, que la sociedad ha madurado democráticamente, y que se la debe escuchar cuando habla, en las manifestaciones multitudinarias. Y en caso de no escucharla, ya sabrán que cuando se tenga la posibilidad de ejercer el derecho al voto habrá castigo.

 

De esta manera se conseguiría una mayor proximidad de los dirigentes, ya que sentirían que tienen que ganarse el apoyo ciudadano en el día a día, en lugar de reafirmar la confianza de sus seguidores durante los quince días de la campaña electoral. Sin duda, esto dará un sentido profundo a la democracia: participación del pueblo en el gobierno.

Por: Abelardo Gómez Márquez | Política | Comentarios (0) | Referencias (0)

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