Viernes, 20 de abril de 2007
Tenemos en casa de mis padres un perrito, Pinky, que ya va por los trece años y medio. Sí, son tantos que inevitablemente se acerca su fin y comenzamos a contar los ‘medios’. Está estupendamente de salud ahora mismo, da envidia verlo, pero los achaques de los años son más que evidentes. En casa lo llamamos el superviviente, porque ya ha pasado varias enfermedades que lo han dejado por momentos más pa’llá que pa’cá.
Siendo joven, unos pocos años, tuvo la enfermedad parvovirosis, enfermedad de origen parasitario de la que escapan unos pocos animales. Estuvo un par de días con suero para arreglar los problemas intestinales que padeció y se recuperó. Ahí comenzó la leyenda. Animal vital y cercano, animoso como pocos, Pinky ha dado incluso una cierta coherencia a la convivencia en la familia. ¿Pobreza dialéctica? Tal vez, pero el hecho es éste que les cuento.
Posteriormente, hace cosa de un año, tuvo algunos problemas en una pata, que se golpeó al caer de la pileta donde lo bañaba mi madre. Así estuvo fastidiado una temporada, hasta que se recuperó y se fastidió la otra. Otra temporada cojeando hasta que se le quitó y prácticamente ya no tiene secuelas. Tiene una cierta tendencia a fastidiarse, pero a las pocas horas se le quita. En la familia hacemos lo posible para que no haga movimientos bruscos que le puedan lastimar nuevamente, así que creemos que está en buenas manos.
Lo peor por lo que ha tenido que pasar el perro es lo que les cuento ahora. Hace unos pocos meses, de repente comenzó a sangrar por la boca. Sabíamos que tenía un quiste, pero no que se le fuese a reventar. Así pareció ocurrir y lo tuvimos que tamponar como pudimos, para evitar que se desangrara. Imaginen, un perro de unos 8-9 kilos las posibilidades que tiene de perder sangre. En realidad, de sobrevivir a una pérdida de sangre. Lo llevamos al veterinario a la mañana siguiente, después de haber tenido otro episodio de pérdidas durante la noche y el veterinario lo arregló, con coagulantes y no sé qué más. Todo parecía perfecto y me fui a trabajar, dejando el animal en casa con mi madre. Por la noche, al llegar del trabajo confiando en que todo iría bien, resultó que volvía a sangrar. Le miramos la boca y lanzaba un chorro de sangre con cada pulsación. El diagnóstico era claro: tenía afectada una arteria de la boca. De nuevo al veterinario, que se asombró al ver el problema más claro y lamentó no haberlo detectado por la mañana. Comenzó a suturar la arteria, mientras el animal perdía más y más sangre. Era la cuarta vez en unas 24 horas que sangraba de manera notable, y la segunda vez que era intervenido con anestesia. En un momento de la intervención, parecía que le daba un paro cardíaco. El veterinario lo reanimó y nos enseñó cómo hacerlo. Alguna vez más ocurrió en el veterinario y al llegar a casa varias veces más. El animal, al caer en cada una de esas crisis perdía la conciencia, y había que ayudarlo a respirar para que se animase de nuevo. Así hasta las tres de la mañana, con varias crisis que en dos casos parecían irreversibles. Imaginen el cuerpo que se nos quedó a mi hermano y a mí.
Hoy día, plenamente recuperado, duerme, se alegra al verte, convive a su manera y sigue durmiendo. Sirva este texto como homenaje a los animales domésticos, a los que tanto debemos y a los que tanto debemos tratar adecuadamente.
Por: Abelardo Gómez Márquez | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
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