Viernes, 16 de marzo de 2007
Son parte esencial de la práctica democrática saludable.
Hablaba recientemente con una amiga del valor que tienen los debates cuando se trata de escoger a un candidato en unas elecciones. Yo lo planteaba como un mecanismo para el contraste de ideas, de posiciones pasadas y futuras, en el que los candidatos sacasen a relucir los valores propios y las inconsistencias ajenas. Normalmente, los de a pie no tenemos capacidad para ser realmente críticos, en tanto que normalmente nos falta información; y en los debates es donde buena parte de esa información sale a la luz a través del contraste.
Ella me decía que ese tipo de debates se convierten en una merienda de perros, a lo que yo respondí que siempre que se debata con educación y buenas maneras no tiene porqué ser así. Recientemente asistimos al debate en el Senado entre el Presidente del Gobierno y el portavoz del Partido Popular, donde trataron largo y tendido la situación de De Juana Chaos. Hasta ese día, sólo habíamos oído lo que el PP tenía que decir al respecto, mientras que en ese momento comenzamos a escuchar la versión del Gobierno. Ahí, en el debate, es donde afloran las fortalezas de los argumentos de unos y las debilidades de otros, siendo finalmente el receptor del debate el que hace un juicio para ver quién le ha convencido, si es que lo ha hecho alguien. Pero sin la existencia del debate habría sido muy complicado que nos dispusiésemos de toda la información para ser realmente críticos. Por tanto, el debate es un elemento necesario y exigible en democracia.
En las pasadas elecciones generales, Rajoy eludió por completo mantener un debate televisivo con el entonces candidato por el PSOE, Zapatero. Ese debate nos hubiese permitido ser más críticos ante las opciones que se presentaban, pero Rajoy no quiso. En Estados Unidos eso le habría costado a Rajoy el puesto, sin más. En eso, en la práctica de la democracia Estados Unidos nos saca unos cuantos largos. Está claro que si el candidato se niega a debatir es porque no sabe o no puede defender su programa, así que se concluye que es un mal candidato y no se le vota. Y punto: el que no quiera debatir que se despida del voto.
Esta pasada semana Rajoy apareció en una entrevista en televisión, donde era preguntado por dos periodistas y por Urdaci. Al concluir, la moderadora hizo saber a Rajoy que su cadena propondría un debate PP-PSOE de cara a las elecciones generales de 2008, invitando a Rajoy a participar. El candidato del PP en esta ocasión respondió con un claro “Sí, por supuesto”, actitud que cambiará cuando lleguen las elecciones. Para entonces hablará de incompatibilidad de agendas y de no sé cuántas cosas más, pero lo cierto es que no habrá debate. Eso sí, la gente le votará porque es su líder, independientemente de que sea capaz se defender las ideas de su partido.
Si creemos en una democracia madura, debemos exigir los debates. Permitir que no existan es relegar nuestra democracia a un Estado de segunda. Y la exigencia de los debates comienza castigando con el voto a aquel que los rehuya.
Por: Abelardo Gómez Márquez | Política | Comentarios (0) | Referencias (0)
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