Sábado, 23 de diciembre de 2006
Nos preparamos para vivir, pero no para morir.
Aunque me apetezca, y mucho, hablar de la última (¿o penúltima?) barbaridad de la COPE, no lo voy a hacer. Estoy convencido de que es tema tratado en múltiples foros y mi contribución no va a ser significativamente distinta de otras. Afortunadamente, los estados implicados, Bolivia, España y el Vaticano, ya han aclarado entre sí lo ocurrido, pidiendo las disculpas en caso de que fuese preceptivo. Lo que está claro es que lo ocurrido no es una broma, y parece que esta cadena de radio, financiada por los Obispos españoles, no tiene límites.
Se acerca el periodo navideño, mezcla de alegría por el descanso, por el reencuentro con los familiares que viven lejos, por las fiestas en sí mismas, con una cierta componente de agobio por las compras que hay que realizar y, también, por la tristeza al recordar a los que ya no están. A veces he tenido la sensación de que en mi familia se han ido muchos, sin advertir que igualmente han llegado otros tantos. El ciclo de la vida. Pero claro, por algún motivo nos aferramos a los que se fueron, a la idea de que deberían de estar aquí. No aceptamos la pérdida, no aceptamos, por tanto, la muerte.
Parece que la sociedad nos prepara mucho para vivir, pero no para morir. Ese es un punto de partida que debemos de cambiar. Probablemente en eso nos vaya la vida, la mejor vida. Vivir pensando en que lo que nos rodea algún día no estará... o mejor dicho, vivir pensando que algún día no formaremos parte de lo que ahora nos rodea. Eso, con seguridad, nos hará valorar más a los que nos rodean, lo que tenemos y lo que, en definitiva, somos. Todos, absolutamente todos, moriremos independientemente de la vida que llevásemos. Si viviésemos pensando en que moriremos algún día, quizá no seríamos tan ambiciosos, avariciosos, consumistas, envidiosos, etc. Quizá buena parte de la vida que actualmente llevamos se vería alterada notablemente.
Particularmente, me inquieta la idea de que algún día ya no seré. Me quita el sueño cuando lo pienso. Y esto ocurre, sencillamente, porque no estoy preparado para entenderlo, para encajarlo, para aceptarlo. Tampoco estoy preparado para perder a mis padres, ni a mis hermanos, ni tampoco a mi pareja. Son algo que tendemos a sentirlo como eterno. Ahí ha trabajado mucho la religión católica, pero la incertidumbre de si será cierto o no lo que cuentan hace que uno no acabe de encajar el asunto.
Me está quedando un texto un tanto siniestro, lo admito, pero estas inquietudes las calmo tras el texto semanal. Al igual que ocurre con las parrafadas políticas que les cuento, es algo terapéutico. Le invito a que escriba sobre lo que le inquieta. Así de simple. Ordene un par de ideas y dele forma. Si, además, le apetece y lo coge con confianza, mándelo a los medios de comunicación y de repente le publican su texto. Quizá, quién sabe, contacten con usted para hacerle colaborador fijo, como un servidor.
Creo que se escribe mejor si se plantea desde la óptica de alguien que sabe que su experiencia no es eterna, sino finita, en el espacio y en el tiempo. Esa es mi única inspiración, lo aseguro, suponiendo que la hubiese.
Por: Abelardo Gómez Márquez | Paz y concordia | Comentarios (0) | Referencias (0)
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