Viernes, 28 de abril de 2006
Los ciudadanos deberíamos apuntarnos al nacionalismo, desde la curiosidad, el respeto y el reconocimiento.
Soy nacionalista, y lo digo sin rubor. Eso sí, nacionalista en general. Me encantan las singularidades diferenciadoras de los habitantes de los territorios y considero que hay que conservarlas y fomentarlas. En los últimos tiempos he tenido una cierta cercanía al catalán, al lenguaje, se entiende, lo que me ha llevado a conocerlo más de cerca y a poder decir que es un idioma que me gusta, que me parece muy ágil, económico, rico y probablemente más evolucionado que el castellano. Por esto, entre otras cosas, podríamos decir que, a pesar de ser canario, soy nacionalista catalán, pues considero que hay que conservar esta singularidad de los habitantes de aquellas tierras.
Soy nacionalista, también como contrapeso a la globalización. Este último movimiento nos homogeneiza, nos hace iguales a los habitantes de tierras diferentes, eliminando de nosotros precisamente todo aquello que nos hace diferentes. Es una tendencia hacia la igualdad que podríamos llamar “hacia abajo”, ya que nos empobrece. El nacionalismo en general, en cambio, protege las singularidades y permite que las conozcamos, lo que hace que también nos igualemos los unos a los otros, pero “hacia arriba”, hacia un estado más culto, de mayor conocimiento.
Pero el nacionalismo tiene dos vertientes que me preocupan. La primera de ellas es el ombliguismo. Se produciría en el momento en que soy tan consciente de mis singularidades y tan ignorante de las singularidades de los demás que considero que las mías son las más auténticas, las más genuinas... las mejores. En ello probablemente también haya algo de ignorancia de las propias singularidades, ya que un conocimiento profundo de las mismas exige ineludiblemente buscar, tal vez sin éxito, conexiones con las demás, en nuestro camino hacia el pasado, hacia un posible punto común de las civilizaciones. Esa búsqueda no tiene que ser la motivación, pero sí un elemento más que enriquecería cualquier descubrimiento.
La otra vertiente que me preocupa aparece cuando, como consecuencia del nacionalismo, quiero mis singularidades y odio las del vecino. Aquí aparece un gran problema, quizá también relacionado con la ignorancia de las propias singularidades, pero que es muy serio. En este momento me pierdo, porque no entiendo a qué viene odiar al otro, considerarlo enemigo por el simple hecho de haber nacido en otro lugar y educado bajo otros parámetros ligeramente diferentes, ya que en ningún caso dejamos de ser seres humanos.
Finalmente queda el aspecto político. Como nacionalista exijo que los partidos sean todos algo nacionalistas, pero verdaderamente nacionalistas, por aquello de proteger lo que nos diferencia; en la actualidad, aunque haya partidos nacionalistas lo cierto es que la globalización nos está comiendo por las patas pa’rriba. Los ciudadanos, por nuestra parte, quizá deberíamos apuntarnos también al nacionalismo, desde la curiosidad, el respeto y el reconocimiento de lo que diferencia al de más allá.
Por: Abelardo Gómez Márquez | Política | Comentarios (0) | Referencias (0)
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